El Orgullo: Reivindicar el ser y la libertad frente al odio.
- jsasalobrena2022
- 9 jul 2022
- 4 min de lectura
La lucha por la libertad de ser y amar en condiciones de dignidad y de libertad de las cuales disfrutan todas aquellas personas que no se encuentran dentro del colectivo LGTB es a día de hoy más necesaria que nunca incluso en aquellos países donde casarse y formar una familia es posible gracias a las leyes que lo amparan.
Recordemos que España fue el tercer país en el mundo que aprobó, el 30 de junio de 2005 gracias al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, la Ley de matrimonio igualitario con 187 votos a favor y 147 votos en contra del Partido Popular y Convergència i Unió. Pese a todos los avances legislativos en materia de igualdad de derechos reales y afectivos para la ciudadanía independientemente de su orientación o identidad sexual, hace poco más de un año en Galicia, al norte del país, un chico homosexual fue agredido hasta morir al grito de “Puto maricón de mierda”. El suceso se volvió mediático hasta el punto de que ciertas voces políticas de distinto signo político dieron sus opiniones sobre el asunto. El hecho de que nuestro país se encuentre a la vanguardia en lo que a materia de igualdad de derechos para personas LGTB se refiere no impide que aún existan sectores sociales que expresen su rechazo a pertenecer a una sociedad diversa en la que ni el amor entiende de sexo ni la identidad de género. Esas personas son las que también ven al Orgullo como una fiesta impropia de ciudadanos decentes o, como muchos dicen “hombres de corbata”. Y sí, a día de hoy el Orgullo es una fiesta. Una fiesta en la que se celebra la diversidad, el amor y, sobre todo, el orgullo de ser quienes somos. Una fiesta en la que se reivindican los derechos de las personas que han sido, que hemos sido, discriminadas en algún momento de nuestras vidas por ser algo que no decidimos ser sino que, simplemente, somos. Y no lo hacemos sólo por nosotros, lo hacemos también por quienes viven en países donde no pueden ser libres y también por quienes ya no están. Porque los disturbios de Stonewall del 28 de junio de 1969 iniciaron el camino de la persecución de derechos para las personas LGTB y no decaerá frente al odio.
La anterior mencionada agresión en Galicia a un chico homosexual que acabó con su vida fue la gota que colmó el vaso y que dio visibilidad al notable ascenso de denuncias presentadas cada año en nuestro país por delitos de odio, y es que desde que ciertas voces políticas -y polémicas- de signo conservador han puesto en duda frente a los medios de comunicación la lucha en lo referido a la igualdad real y afectiva de derechos para las personas del colectivo, han sido más las agresiones, tanto verbales como físicas, y las humillaciones reportadas. Esto no es casualidad, ya que es el mismo sector social -y político- conservador el que se considera que la unión entre dos personas del mismo sexo no debe llamarse matrimonio -después de haberse postulado ya en su contra en el pasado- o que un niño pequeño necesita una figura paterna y otra materna para crecer correctamente. este discurso, además de ser excluyente y LGTBIfóbico, supone todo un peligro para la convivencia igual y justa entre todas las personas de nuestra sociedad.
A día de hoy, pasear de la mano de tu pareja por la calle puede terminar en un enfrentamiento verbal e incluso en una pelea. El miedo a ser juzgado por una condición que poseemos pero que no decidimos permanece latente en un alto porcentaje de las personas LGTB. Incluso en aquellas que, por cuestiones de ideología política o individualismo, rechazan formar parte del colectivo como si éste las denigrase o fuese en su contra. La ignorancia ha demostrado ser un arma muy peligrosa, pues precisamente los colectivos han ayudado -y beneficiado- a aquellas minorías históricamente discriminadas. ¿Acaso tiene la misma relevancia que una sola persona reivindique una equiparación de sus derechos con los del resto de la población a que lo hagan millones alrededor del mundo? Está claro que no, y lamentablemente ese pensamiento individualista y de rechazo hacia quienes luchan por una igualdad de derechos real y efectiva no es más que el efecto de los discursos de odio en algunas personas LGTB.
La lucha y la visibilidad del amor y de la identidad de todas las personas seguirá latiendo con fuerza en los países socialmente más desarrollados del mundo pero, por desgracia, aún hay algunos lugares en los que ser homosexual está castigado o es ilegal. Este artículo no puede terminar sin hablar sobre el tema que, además del beso lésbico que se ha visto en una reciente película de Disney, más crispación e indignación ha generado en todo el mundo: La celebración del Torneo Mundial de fútbol en Qatar donde, según el artículo 296 de su Código Penal, las penas a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo van desde prisión de 3 a 5 años o incluso la muerte, y cuyos líderes han rechazado cualquier muestra de afecto en vía pública entre personas del mismo sexo. Por si fuera poco, son muchos los partidarios y admiradores del régimen legislativo catarí, pero somos aún más los que creemos en una sociedad diversa, plural y justa.
Por todas las víctimas de los delitos de odio producidos contra personas LGTB. Por las primeras mujeres transexuales que arriesgaron sus vidas en los disturbios de Stonewall. Por las personas que viven encerradas en sí mismas por miedo a las consecuencias de mostrarse tal y como son. Por los que ya no están y por los que estarán. Urge dar cobertura global a todas las personas LGTB. Porque el odio siempre nos tendrá enfrente. Porque todos los demócratas, juntos, somos más fuertes. Porque nuestro orgullo, es nuestra fuerza.
Sergio Ortega Sánchez

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